martes, 25 de octubre de 2016

¿Se acaba la misericordia?

        

          Después de una anunciada pero muy prolongada ausencia estival, reinicio el contemplar las cosas tras mi vidriera, el mirar y reflexionar serenamente sobre lo que la vida nos va deparando. Ya bien iniciado el curso, comienza un nuevo periodo. Hoy considero el ya inminente final del Año de la Misericordia. ¿Se acaba la misericordia al finalizar su Año?
 
             El que algo sea objeto especial de un Día o de un Año tiene el fácil peligro de que se produzca un apagón sobre el tema cuando el periodo luminoso se extingue. Se deja de mirar lo que antes ha estado tan iluminado.

          La misericordia no es algo fácil de vivir o de experimentar. Cuando alguien se siente muy seguro, no tiene necesidad de recurrir a la misericordia, no precisa de la compasión de otros. El que se siente bien, el que se cree bueno, el que no se culpabiliza de nada, no siente la necesidad ser perdonado, de ser compadecido, de que los demás se porten benévolamente con él. La necesidad de la misericordia aparece, así, como un sentimiento propio de los débiles, de los carentes de seguridad en sí mismos. El fariseo de la escena evangélica no necesita de la misericordia de nadie.

          El sentimiento de alteridad es, con todo, algo que el creyente debes siempre experimentar.
El hombre no está solo, no es del todo autosuficiente, no es el rey omnímodo de la creación, necesita contar con Otro que estuvo en el origen de su aparición el mundo. El no sentir nunca la necesidad de ayuda puede derivar fácilmente en actitudes demenciales, en paroxismos antihumanos.

          Por esto no es menos plena la actitud del publicano. No es fruto de la debilidad sino del realismo el caer en la cuenta de las propias carencias, sin caer en las posturas engañosas de presumir de lo que no se tiene. La humildad es amable que la prepotencia. El que desprecia al otro porque no necesita para nada de él es en el fondo más odiable que el que reconoce la alteridad como parte constitutiva de su propia personalidad.

         Esta sencilla disquisición, al hilo de la parábola evangélica del fariseo y el publicano, permite encarar mejor el tema de la misericordia. No es un plus innecesario, no es un tributo de los débiles, el sentir la necesidad de la misericordia es algo que dignifica al hombre, que lo hace situarse dentro de sus límites, que le convierte en más amable para todo el que se roza con él. La autosuficiencia absoluta conduce a la paranoia.

           Si todo esto es verdad en la pura relación de unas personas con otras, en la estricta dimensión humana de la existencia del hombre, mucho más aparece como imprescindible para el creyente en la relación trascendente con Dios. Siempre Dios nos supera y nos desborda, resulta muy difícil pensar en el eternamente Otro que está del todo más allá de nuestra capacidad de comprensión. Pero precisamente por esto, el hombre necesita de Aquel que completa sus limitaciones y se apiada de sus debilidades. La misericordia de Dio es necesaria para el hombre creyente.

         El Papa Francisco nos ha recordado que la misericordia no es una teoría, no es un concepto, sino una realidad en Jesucristo, el rostro de la misericordia. Es algo mucho más sencillo que todo lo expuesto en esta breve exposición. Para el creyente, la misericordia es la ternura de Dios manifestada en Jesucristo. Algo que no se acaba cuando finaliza el Año de la Misericordia, sino que comienza a vivirse más plenamente con el recordatorio de las ideas y los sentimientos que este Año nos ha facilitado.



        

         

        
 

sábado, 16 de julio de 2016

Hasta luego

        
          El verano es tiempo que suele interrumpir las actividades ordinarias. Una veces por el inicio del descanso  y otras por las nuevas obligaciones asumidas, el tiempo veraniego provoca muchas veces una alteración de lo que antes se venía haciendo. Este es también mi caso, y por eso la anuncio con esta breve nota

          Da igual que sea el descanso o la mayor ocupación, el caso es que aparco temporalmente la reflexión pública sobre la realidad, suspendo por un tiempo la mirada crítica "tras mi vidriera", cuando tanto la vida política como la via eclesial se encuentran en momentos álgidos. Un somero detalle.

          Nunca en los tiempos recientes, ha estado España tanto tiempo sin gobierno. He reflexionado aquí varias veces sobre la imperiosa necesidad de diálogo existente en el panorama español actual. El que se hayan agotado los plazos para la formación de gobernó en dos ocasiones y el que en esta tercera ocasión no esté aún despejado el horizonte para lograrlo, demuestra a la claras que la capacidad de diálogo entre los dirigentes políticos españoles es casi nula. Se ha repetido mucho que la ruptura del bipartidismo aumentaría el nivel democrático, obligaría a ponerse de acuerdo los unos con los otros. Sea real o sólo deseada la ruptura de los dos frentes obtenida, lo que sí se ha producido es el achicamiento de las voces intervinientes -por la aparición de nuevas voces-, pero el enfrentamientos entre dos polos no ha disminuido sino que se ha acrecentado. Sin mayorías absolutas, sin obtener la posibilidad de actuar sin tener que escuchar al otro, no está siendo posible la puesta en marcha de un nuevo gobierno. Las incomprensiones y los enfrentamientos personales imposibilitan la negociación entre los partidos. La situación es triste, pero muy interesante. Dejo de mirarla en el momento menos oportuno.

          Un gran amigo ha dicho por ahí, en algún blog, que en el momento actual hay gente que se parapeta tras Francisco, que escuda sus propias opiniones ocultándolas detrás de las del Papa, que su apoyo real al Papa no es ni tan coherente ni tan absoluto como aparentan decir. Con gran intuición, finaliza Darío Moyá su reflexión "Esconderse" detrás del papa Francisco, con esta conclusión:  Por todo ello, tras un primer momento de alegría y consolación por las palabras y los gestos del Papa Francisco, uno siente siempre la necesidad de no sacar pecho como Iglesia demasiado fácilmente, de seguir siendo muy humildes y de seguir pidiendo al Padre que el Espíritu de Jesús remueva y renueve nuestros corazones".

          Esta oportuna advertencia pone en guardia para no vanagloriarse con plumas ajenas y para no disimular las propias disconformidades. Con gran humildad y con obligada coherencia se han de asumir las valientes opiniones y las evangélicas actitudes de Papa, no prolongando más allá de lo debido las propias opiniones encomiásticas. Francisco prosigue sus continúas llamadas de atención sobre las situaciones actuales, sin dar tiempo casi a seguirlo con la atención que merece su voz siempre inquietante. En pocos días, las opiniones y los gestos que tenga ante los jóvenes en Polonia resultarán seguramente tan llamativas como ya lo fueron en Brasil. No es por ello éste tampoco el mejor momento para dejar de hacerse eco de lo que pueda ir ocurriendo en la Iglesia. 

          El mundo sigue girando desorbitadamente. Ayer, Niza. Hoy, Turquía. La actualidad no para. Avergüenza un poco tener que decir en este momento Hasta luego.

domingo, 12 de junio de 2016

¿VOTAR AL MENOS MALO?


         
          De cometer “una barrabasada” me tachó un bajopseudónimo comunicante, en el pasado mes de mayo, por afirmar que la valoración hecha sobre el aborto no es el único criterio que hay que tener en cuenta a la hora de elegir partido al que votar: ¿Entonces, según usted, el hecho de llevar en un programa de un partido político cualquiera la liberación total del aborto no es absolutamente excluyente para un voto católico? Me resulta oportuno afirmar que eso es una barrabasada, amigo. Las opiniones se encienden, cuando se cruzan los afectos.

         Me sorprende ahora gratamente comprobar que los enfrentamientos y las incomprensiones actuales entre partidos y entre votantes -muy grandes, por cierto- resultan mucho menos virulentas que las que, en un pasado no muy lejano, enfrentaron a los católicos cuando surgió la teoría del mal menor. Me impresiona mucho lo que puede enseñar la historia, a este respecto **. Importa decir una palabra sobre aquellos enfrentamientos, por la luz que todavía arrojan sobre la situación electoral actual.

          Hay una afirmación reciente de la Iglesia, que hace poco más de un siglo no estaba nada clara. Es la frase: "La Iglesia no está ligada a sistema político alguno”, que el Concilio Vaticano II formulo en la Gaudium et spes (GS 76) y que los jerarcas suelen repetir en los tiempos de elecciones.  

          En la segunda mitad del siglo XIX, los integristas decían defender la opinión íntegra de la Iglesia. Los católicos por aquel entonces ya comenzaban a sentirse obligados a votar: la revista jesuita El Mensajero -ante unas elecciones de aquella época- exhortaba a participar porque el mundo, por desgracia en adelante, se ha de gobernar por medio de elecciones generales. Antes de sus posteriores y sucesivas desmembraciones, los católicos no tenían ninguna duda que tenían que votar al partido integrista, el que seguían todos los que defendían entonces a la Iglesia. Pronto llegaron las escisiones. Primero se separaron los carlistas, que cayeron en la cuenta de que su propuesta dinástica no podría prosperar y comenzaron a acercarse a los que defendían a los Borbones: los que todavía se mantenían como integristas los denigraron entonces como mestizos, por mezclarse con el enemigo y abandonar a los leales a la Iglesia. Después, en épocas de la plena Restauración borbónica, grupos crecientes comenzaron a no satanizar la palabra liberal. (En el momento actual, cuando la teoría liberal es defendida por la más rancia derecha, sorprende mucho conocer que, en los finales del XIX, los liberales eran los más avanzados, los que incluso unos años antes habían sido condenados por un documento oficial de la Iglesia). Además estaban los republicanos, mucho más distantes de las posturas eclesiales, entre los que proliferó mucho el comportamiento rabiosamente anticlerical.

Este intrincado conjunto es el que da pie al principio del mal menor. En unas elecciones de 1905, los jesuitas de Tortosa deciden ir a votar y hacerlo  -¡la gran novedad!-  no por un candidato integrista sino por uno que presentaban los liberales. Un comentario de entonces explica el por qué: “A veces será bueno votar a uno que algo tiene de bueno para evitar a otro que tiene mucho de malo, eligiendo lo que se nos presenta como menos malo en este caso; con esos votos no se busca la cooperación formal y positiva a un mal, sino evitar un daño mayor. Otro comentario de la época extiende el hecho y lo comenta más rotundamente: Por primera vez se ha visto en España que en Tortosa, Valencia y Barcelona, Obispos celosísimos e integérrimos y religiosos sapientísimos han ido a votar a un liberal no por su bella cara, sino a pesar de ella y de su liberalismo y para impedir que saliera triunfante uno de esos energúmenos clerófogos que aquí se llaman republicanos. Cunda el ejemplo”. Con leguaje menos desenfadado y más ponderado, dos sesudos artículos de la ya existente revista jesuita Razón y Fe explicaron y defendieron también la doctrina del mal menor, artículos sobre los que el entonces P. General de los jesuitas, el español Luis Martín, consiguió incluso una carta de apoyo del propio Papa Pío X –Inter católicos Hispaniae- declarando que: 1) en estos artículos no había nada reprobable; y 2) que no había por tanto motivo para seguir las disensiones sobre el tema.

          La madeja del cruce entre el siglo XIX y el XX resulta apasionante. El detalle es muy minucioso, plagado de fechas, de nombres, de circunstancias mínimamente diferentes. Sobresalen los líderes Ramón Nocedal, el gran patriarca del integrismo, que con su periódico El Siglo Futuro llegó a tener una influencia hoy del todo inconcebible, y, por el otro lado, Antonio Maura, el que fue atrayendo poco a poco los votos antes integristas hacia las parcelas del liberalismo conservador.  



¿Enseña algo todo esto? Creo que mucho. No sólo de la vida, la historia es también maestra de los votos. El voto ya se ha secularizado: no hay conexión obligada entre una opción y el voto de un católico, pues la Iglesia no está ligada a sistema político alguno. Es cierto que hay que votar con responsabilidad, intentando escoger al que más ayuda – o menos desayuda- al bien de los ciudadanos, especialmente de los más desprotegidos. También hoy surgen los escándalos –la inculpación de barrabasada sufrida por mi hace pocos días- cuando alguien preconiza el voto para el que otros tienen como absolutamente invotable, no merecedor de votos. Muchos necesitan tranquilizarse estos días porque puede ganar el que ellos consideran malo. El respeto a todos, y el diálogo con todos, debería ser la norma de conducta imperante. El principio del mal menor sigue siendo de utilidad.

** Tomo las citas literales y me baso en Manuel Revuelta, en su obra fundamental La Compañía de Jesús en la España contemporánea. Tomo II: Expansión en tiempos recios (1884-1906), Sal Terrae y otros, 1991, 1.365 páginas.

lunes, 30 de mayo de 2016

Un ejemplo de mal estilo


          Resulta que una amiga peninsular que tuve durante los largos años pasados en Canarias se presenta ahora, en las inmediatas elecciones, como número 2 en Zaragoza por Unidos Podemos, parece que con esperanzas de salir elegida.

 Desde su twitter me ha llegado ahora la recomendación de una colaboración -según su valoración, excelente artículo- de Carlos Elordi. De este veterano periodista dice la reseña sobre su persona que trabajó en los semanarios Triunfo, La Calle y fue director del mensual Mayo. Fue corresponsal en España de La Repubblica, colaborador de El País y de la Cadena SER. Actualmente escribe en El Periódico de Catalunya. Una trayectoria, muy clara.
          El artículo recomendado lleva por título El inútil esfuerzo de tratar de machacar a Podemos-IU, y ha aparecido en el digital eldiario-es. Por la impunidad con la rotundiad con la que hace afirmaciones sin aportar pruebas y por la total minusvaloración del que pueda sostener opiniones contrarias a las suyas, no me resisto a formular un pequeño comentario.

          El arranque del artículo, ya resulta clarividente: ¿Pero de verdad cree algún estratega del PP, del PSOE o de Ciudadanos que se pueden reducir las posibilidades electorales de Podemos-IU haciendo numeritos con Venezuela o deformando hasta el absurdo lo que está pasando en el barrio de Gracia? Y concretando nombres añade: Que Mariano Rajoy, Pedro Sánchez y Albert Rivera acepten encabezar esas y otras iniciativas parecidas pone seriamente en cuestión su solvencia política. Porque no hace falta ser muy listo para deducir que tanto aspaviento insensato sólo puede obedecer a que temen que la potencialidad de Podemos-IU sea bastante más consistente de lo que dicen los sondeos oficiales. Ni tampoco para comprobar que no saben cómo revertir esa eventual tendencia. Los objetivos y los procedimientos de artículo, ya quedan claros en estos párrafos iniciales.

          Por lo pronto, se da por hecho que estos partidos y sus dirigentes actúan de común acuerdo, al unísono. Un comunicante con el artículo amalgama incluso las siglas:  estos llamados lideres de PPPSOECS. Ya admira que se asiente si más demostración que estas tres fuerzas tengan un plan de conjunto, cuando tan difícil resulta la mera convivencia entre ellos.

          El contenido del artículo se centra a adjudicar al nerviosismo, al temor y al miedo todo lo que suponga oponerse a la imparable línea de las fuerzas emergentes, a la potencialidad de Podemos-IU. No hay que probar nada, basta con afirmar con rotundidad: En España se ha abierto un nuevo ciclo político. Es imposible prever cómo va a terminar cerrándose. Pero lo que está claro es quienes pretendan doblegar la marcha de las cosas recurriendo a los mismos instrumentos que les han sido útiles en el pasado van a fracasar. 

          Un raro comunicante crítico con el contenido del artículo comenta que el articulista emplea  los mismos procedimientos de Goebbels, repetir hasta la saciedad una mentira hasta convertirla en verdad.  Todo está en afirmar con mucha fuerza, con mucho desprecio del que se puede intuir que piense lo contrario. Las muchas decenas de comunicaciones que siguen al artículo emplean la misma táctica. Una sola muestra:  Unas preguntas y respuestas para encaminar la cuestión: ¿Es Rajoy presentable?: No. ¿Es el actual líder del PP?: Sí. ¿Es catastrófica, la situación económica y social de España después de cuatro años de PP?: Sí. ¿Está mejorando esa situación?: No. ¿Es aterradora la corrupción tras esos cuatro años?: Sí. ¿Mejora?: No. ¿Qué conclusión sobre el voto el 26-J? (Ayuda: el PSOE también apoyó con entusiasmo a la Troika) . Un cordial saludo.

          La táctica es muy sencilla. Se reduce al antiguo adagio de que el que no está conmigo está contra mí. Por esto, el que no está de acuerdo se siente infravalorado, se ve atacado, se encuentra tachado de sentimientos infames que probablemente nunca tuvo. Y la opinión se sigue exponiendo de forma arrasadora: Tal y como se está configurando el ambiente tiene cada vez menos sentido hablar de pactos postelectorales. Y visto con una cierta distancia, esa cuestión (la de los pactos postelectorales) es cada vez menos importante. Lo relevante es el nuevo escenario que puede crearse tras el 26-J. En el que una fuerza ascendente y sustancialmente unida que quiere un cambio de verdad va ser uno de sus actores principales. Mientras que algunas de las demás, quien sabe si todas ellas, estarán abocadas a intensos procesos de recomposición interna, si no a crisis abiertas. Difícilmente se puede hablar con más seguridad.

    

           Mi admiración hoy no es positiva. Me he detenido a comentar este artículo porque resulta una muestra de lo que no debe ser. Un intento de exponer con mucha fuerza unas aseveraciones del todo opinables, cayendo en la contradicción de no dejar espacio de briega al que piense lo contrario, descalificándolo sin más de nervioso y de amedrentado.  No es éste el camino para poder establecer un diálogo tan difícil como necesario. Es una muestra de mal estilo.


lunes, 16 de mayo de 2016

El acto más hondo del Rocío

     
Dentro de la variadísima riqueza de Andalucía,  el Rocío satisface las apetencias que cada cual tiene más dominantes.

          La Romería del Rocío reúne los más diversos componentes de la forma de ser de Andalucía: paisaje, alimentos y bebidas, indumentaria, cante y baile, acogida de las casas, estilo de las personas... Este año hay que añadir la variedad del clima, pues ha habido desde los días de más rabiosa lluvia hasta los de sol más esplendoroso. No enumero entre los componentes de la Romería el elemento religioso, como si fuera uno más, pues todo gira en esos días alrededor de la Virgen del Rocío y del contacto con Ella todos los asistentes participan, con mayor o menos intensidad según la religiosidad de cada uno.

          Los actos oficiales de la Romería -tras lo inigualable del camino, en lo que no entro-  se centran todos en la Virgen del Rocío: la entrada o presentación de todas las Hermandades (este año ya, ¡117!), el viernes por la tarde y todo el sábado; el domingo por la mañana, la misa en el Real (la inmensa plaza, que tiene en el centro el monumento recordatorio de la coronación de la Virgen) y el domingo por la noche, el inmenso Rosario con la concentración y desfile de nuevo de todas las Hermandades; la madrugada y la mañana del lunes, la enteramente atípica procesión, con el saludo de la Virgen a todos los simpecados de las 117 Hermandades durante su oscilante paseo por las calles de la aldea a hombros de los almonteños. Alrededor de estos actos, como argamasa continua, está la convivencia en las casas, que con las continuas invitaciones engarza unas cosas con las otras durante los cuatro días; el paseo por las calles, andando, a caballo o en charret; el cumplimiento de promesas o las visitas a la ermita... Todo precipitadamente, pues los días del Rocío se pasan sin darse cuenta, sin tiempo apenas ni para dormir.

          La misa en el Real no es ni el acto más numeroso ni el más popular del Rocío. La presentación de las Hermandades y la procesión son mucho más multitudinarios, pues en ellos toma parte de alguna manera la totalidad de las personas que asisten a la Romería, ese millón elástico de personas, esa cifra emblemática sobre la que se discute siempre si son más o menos que el año anterior... Sin embargo, sin ser el que más gente congrega, la misa en el Real se puede considerar como el acto más hondo del Rocío.

          Cumpliendo plenamente su función de intercesora, de presentadora a sus devotos del Niño que tiene entre sus brazos, la Virgen, que centra directamente todos los otros actos de la Romería, ejerce como Esposa del Espíritu Santo en la celebración oficial del día de Pentecostés y conduce a todos sus devotos hacia su hijo Jesús en la Eucaristía solemne que se concelebra en el Real, con la participación este año de 110 sacerdotes y la presidencia de dos obispos, el de Huelva y el de Jerez. La asistencia llena el aforo del Real, pero no es tan de masas como los restantes actos del Rocío, estará alrededor de la media docena de miles de participantes. Es con todo el acto de sentido teológico más profundo y que da más hondura a todos los demás de la Romería.

         La misa, además, es enormemente bella. La confluencia tempranera de las Hermandades hacia el Real, con los simpecados y todos los estandarte, con los tamboriles tocando suavemente y sin atronar, con la corta y  más granada  representación de todas las Hermandades, es un espectáculo contenido pero inigualable. Los simpecados se van colocando alrededor del monumento, en varias filas y sin dejar libre el más mínimo espacio, constituyendo el mas insólito retablo para la catedral que tiene por techo el cielo azul. La celebración discurre ordenadamente, sin prisas y con el realce que le proporcionan a cada parte las moniciones y las músicas. La coral -este año, de la Hermandad de Sevilla-Macarena- ofrece un auténtico concierto de las músicas rocieras más bellas. El Obispo no tiene una homilía para salir del paso, aprovechando siempre la ocasión para extraer de la devoción rociera y de la fiesta de Pentecostés las enseñanzas sociales y religiosas más acomodadas para el momento.








La parte más larga de todo el pontifical es la profesión de fe por los representantes de todas las Hermandades, pero resulta sin embargo emocionante por la explicitación de la fe de todos al pasar ante el altar, casi todos con el colorido que le proporciona los trajes de corto o de gitana. Se ordena muy bien la distribución de la comunión, yendo muchos sacerdotes hacia los puntos claves a los que se va acercando la práctica totalidad de los asistentes. La Salve final, con el olé, olé, al Rocío yo quiero volver proporciona el toque emotivo, que antecede al nuevo río de las Hermandades hacia sus casas distribuidas por  toda la aldea.
        Cada momento del Rocío tiene su secreto. La suma, el conjunto de todos ellos, la heterogeneidad de los diversos elementos, hacen que todos los participantes en la Romería se sientan satisfechos, aunque todos no participen por igual en los diversos momentos. El Rocío es un conjunto muy rico, en el que cada cual saborea más lo que le resulta más afín, pero en el que la devoción a la Virgen sirve de sólido cimiento de sustentación y en el que la Misa del Real -en la que este año me he fijado- es el elemento más profundo.   
         

domingo, 8 de mayo de 2016

¿Cambio de voto?

         
La cercanía de las elecciones plantea nuevos y acuciantes interrogantes. Hay cuestiones que conviene aclarar antes de enfrentarse a las urnas. La primera es si el voto es inamovible o se puede cambiar. La segunda es clarificar los motivos que pueden producir un cambio. Añado una tercera faceta sobre la peculiaridad que puede introducir para los católicos la elección de su voto. 
         
         Me sorprendió hace unos días el aluvión de preguntas que se formulaba el jesuita José L. Rodríguez Oloizoba, con indudable imaginación, ante las próxima elecciones:

Lo primero que toca ahora mismo es partir de algunas preguntas. ¿Voy a votar? ¿Qué motivos hay para hacerlo, y cuales para quedarme en casa? Y si al final voto, ¿a quién? ¿Por qué? ¿Qué me parece fundamental, innegociable, exigible a aquellos que gobiernen? ¿En qué estoy dispuesto a ser flexible, aunque no esté de acuerdo con algunos puntos de los programas -o con lo que sospecho que harán a pesar de las vaguedades y buenos deseos con que nos van a vender la solución para todos los problemas-? ¿Cómo compaginar el idealismo, o la capacidad de desear y soñar una sociedad buena, con el realismo de saber que la humana condición y los límites económicos ponen muchos límites a los buenos deseos? ¿Qué puede pasar si gobiernan unos? ¿Y si gobiernan otros? Y eso, ¿cómo beneficia y cómo perjudica o afecta a: los más frágiles, los más desprotegidos, la libertad de las personas, los derechos, la educación, la religión, la sanidad, la cultura, el medio ambiente? ¿Qué prejuicios tengo de antemano? (porque, como todos, los tengo. Sólidamente arraigados, y si me apuro, incuestionados).


           Once preguntas que ya dejan clara la conclusión de que, para el que se las formula, el voto es algo cuestionable, que no es invariable o intocable.

           Hay un pensamiento repetido, que ya quedó claro en la Constitución del Concilio       Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo actual, en la Gaudium et Spes: "La Iglesia no está ligada a sistema político alguno (GS 76). Desde entonces, las Notas que suele sacar la Conferencia episcopal española sobre las elecciones intentan clarificar que ningún partido satisface plenamente las exigencias del Evangelio y que, por lo tanto, el católico consciente debe discernir qué partido satisface mejor las exigencias evangélicas; o al revés, qué oferta electoral se enfrenta menos con las exigencias más insoslayables del Evangelio.

         Consecuencia de lo anterior parece ser que el católico consciente puede votar a cualquier partido, si estima que el elegido por él satisface mejor -o se enfrenta menos- al conjunto de las exigencias evangélicas.

         Hasta aquí habría acuerdo. Pero lo vidrioso se presenta en la práctica, cuando algunos han dado por descontado que los partidos de la derecha (desde hace años, en España sólo el PP) eran los que que tenían que elegir los católicos porque los de la izquierda incumplían más claramente las exigencias eclesiales. El motivo que se solía aducir para ello era la permisividad ante el aborto, sin mirar a otras exigencias tan imperativas como el enfrentamiento al aborto. Todo el capítulo de las exigencias sociales -la búsqueda de lo que daña menos a los más pobres o lo que traerá más ventajas para los desposeídos- se solía poner menos en el platillo de la balanza a la hora de discernir. De acuerdo con esta opinión bastante generalizada, en las anteriores elecciones no eran infrecuentes los púlpitos que recomendaban el voto a la derecha y no faltaba incluso algún obispo que así lo dejaba claro, aunque es justo reconocer que las declaraciones oficiales eran menos explícitas en las aplicaciones prácticas.

         Ha habido un hecho reciente que ha ayudado a equilibrar las opiniones. Los sectores más derechosos de la Iglesia se han sentido muy indignados por la cobardía de Rajoy y del PP (así la han solido calificar) ante el tema del aborto, al no haber considerado procedente (teniendo mayoría absoluta, se razonaba)  el imponer medidas más severas frente a la práctica del aborto. Esta circunstancia ha dejado muy desconcertado a estos sectores de opinión, dispersando en algunos casos el voto de estas personas o conduciendo incluso a la abstención. Pero todavía se mantiene, generalmente, el anatema ante los partidos situados más a la izquierda, proyectando ahora sobre Podemos el sambenito, la oposición más radical, que en otros tiempos se practicó con rotundidad frente al PC; algunos mantiene todavía también este maleficio sobre el PSOE, mientras que el posicionamiento frente a  Ciudadanos se mantiene todavía más ambiguo.

          Ante este concreto panorama, volviendo a lo planteado al comienzo, me resulta oportuno afirmar que el voto de los católicos no está a la fuerza determinado hacia ningún partido y que ningún partido se puede tampoco absolutamente excluir de un posible voto. En este sentido, conviene recordar la vieja teoría del mal menor -sobre la que tal vez habrá que volver, en otra ocasión- o lo que más modernamente se suele llamar el voto útil, esto es, el dar el apoyo y el voto a posiciones con las que el votante no está totalmente de acuerdo pero que estima más procedente, por causas ponderadas, en el momento actual.
Se puede votar con plena satisfacción de lo votado. Pero se puede también votar con menos agrado, cambiando el voto o confiándolo a un partido con el que no se está plenamente de acuerdo. De tejas abajo, los absolutos conviene desterrarlos.

          

sábado, 30 de abril de 2016

Salvar la proposición del prójimo, principio ignaciano poco usado

Salvar la proposición del prójimo es un principio ignaciano, no siempre bien conocido y poco usado desde luego en el momento actual. A la incomprensión política, de la que hablé aquí recientemente, se opone radicalmente el contenido de este principio ignaciano, cuya utilidad quiero ahora destacar brevemente.
Ignacio de Loyola sufrió mucho porque sus opiniones fueron tomadas de mala manera. Cuando todavía era el joven Iñigo recién convertido, al intentar trasmitir a otros sus inquietudes espirituales, tropezó pronto en Alcalá y Salamanca con la intransigencia de los que descalificaban sin más tanto a él como a sus opiniones por no tener él aún estudios de teología. Repetidamente fue acusado y hasta llevado a prisión porque se desconfiaba de las conversaciones que establecía con otros estudiantes de estas Universidades para trasmitirles la experiencia espiritual que había tenido en el año largo pasado en Manresa, tras la herida en Pamplona y la larga convalecencia en Loyola.
Una primera reacción del joven Iñigo fue el empeño tenaz de llevar las denuncias contra él hasta el final, para dejar clara su inocencia doctrinal y para mantener del todo limpia su recién comenzada hoja de servicios apostólica. Decide además ir a estudiar la teología a París, la universidad que entonces tenía mejor prestigio en el mundo. Y cuando comenzaron a hacerse las primeras ediciones de los Ejercicios Espirituales, colocó en su comienzo, inmediatamente después del título, un breve presupuesto -en el inicial castellano antiguo, prosupuesto-, que recomendaba el estar más dispuesto a salvar la proposición del prójimo que a condenarla. El gran comentarista de Ignacio y de los Ejercicios, P. Calveras, explica la inclusión de este Presupuesto en el libro porque en sus primeros sitios de estudio se comenzó a atacar el libro y por causa del libro se se levantó la persecución contra su autor. Ignacio sabía muy bien lo que quería decir cuando recomendaba, tanto al que da los ejercicios espirituales como al que los recibe, mantener una postura abierta para acoger bien las opiniones ajenas.
Los comentaristas posteriores del libro de los Ejercicios han destacado el carácter básico de este presupuesto inicial ignaciano. Cuando dos personas van a comenzar una relación larga y profunda -un mes entero, tratando de temas personales y de proposiciones importantes sobre la fe y la vida-, resulta imprescindible arrancar desde una postura de mutua confianza inicial. Fundamento de toda relación -afirma el comentarista Dalmases- es que el otro busca noble y limpiamente el bien y, si existe el error, es por equivocación, supuesta su absoluta buena voluntad. Y citando de nuevo a Calveras: Es cosa sumamente fácil interpretar en mal sentido cualquier proposición, cuando se está mal dispuesto con ella o con su autor; por el contrario, una buena voluntad siempre halla camino para explicar muchas cosas como conviene. Ya dijo San Agustín que la verdad no ha de ser propiedad mía ni tuya, sino común de ambos.
Causa dolor comprobar que unos principios tan sanos sean tan poco usados. La contumaz incomprensión política, de la que hablé aquí mismo hace pocos días, ha desembocado ya en una nuevas elecciones, cuyos resultados dicen los expertos que se espera van a ser muy similares a las que ahora han fracaso en su objetivo de formar gobierno. Ojalá se abra camino en el futuro esta otra conducta de salvar la proposición del prójimo, de abrirse a las opiniones y a las personas de los demás, de no excluir inicialmente a nadie, de concebir que el que descarto también tiene derecho a opinar y a ser escuchado, de aceptar el hablar con todos y con todos estar dispuestos a llega a razonables acuerdos. 
La recomendación ignaciana del comienzo del libro de los Ejercicios merecería ser grabada a fuego en los futuros portafolios oficiales que, tras las futura elecciones, entreguen a los nuevos políticos y diputados. Antes y después de las nuevas elecciones, contar con este principio ignaciano vendría muy bien a todos.