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domingo, 5 de octubre de 2014

LA SEDUCCIÓN DE CARLOS DE FOUCAULD. Una reciente "autobiografía", de Pablo d´Ors

           Carlos de Foucauld es uno de los personajes más atractivos de la reciente historia eclesial. Se ha publicado ahora una biografía sobre este personaje, que merece un mínimo comentario.
 
          Pablo d´Ors, el autor de esta peculiar biografía, es también un personaje singular. Nieto del bien conocido autor noventacentista Eugenio D'Ors, tiene una obra escrita -ya una docena larga de títulos- que emula a la de su abuelo, en variedad de estilos y en calidad acreditada. Antes religioso claretiano y ahora sacerdote secular que ejerce como capellán en un hospital de Madrid, ha penetrado en las honduras de la oración contemplativa y sorprende a todos por la extensa difusión de sus novelas y ensayos, publicados en las editoriales españolas más prestigiadas. La peculiar biografía de Carlos de Foucauld está escrita en forma de autobiografía y ha sido publicada en 2013 por la colección Narrativa Contemporánea de la Editorial PRE-TEXTOS. 
 
          Organizada en ocho extensos capítulos, la autobiografía recorre las variadísimas etapas de la vida de Carlos de Foucauld, desde su privilegiada infancia y juventud, como Vizconde de Foucauld, su ingreso en la Academia militar francesa, su primera estancia en Marruecos, periodo en el que llega a escribir una importante obra geográfica-cartográfica-histórica Recordando a Marruecos, para recorrer después todas las sorprendentes etapas que vive desde su conversión: novicio y monje trapense; estudiante en la Universidad Gregoriana de Roma; jardinero de unas monjas clarisas, en una prolongada estancia en Nazaret, compatibilizada con un apasionado estudio de la figura histórica de Jesús y su entorno; ordenado al fin sacerdote, pero solo para vivir un largo periodo como ermitaño en el Sahara y pasar después  hasta el final de su vida en los puntos más alejados del desierto africano, en parte como capellán de los destacamentos militares franceses y sobre todo como ermitaño  y soñador de una vida religiosa -la de los Hermanitos y Hermanitas de Jesús- que él no llegó nunca a ver completamente realizada.
 
          A pesar de esta vida trepidante -sólo esbozada-, la biografía de Carlos de Foucauld escrita por Pablo d'Ors no es de ninguna manera un libro de aventuras. El libro lleva por título El olvido de sí y, aunque el subtítulo sea Una aventura cristiana, la única aventura en la que se centra la atención es en la interior del personaje, pues toda la obra no es más que un buceo constante y profundo en lo que vive y siente  el personaje en los distintos momentos de su vida. Lo que más me ha sorprendido de esta obra es la capacidad de penetración  que posee en los entresijos de la vida de Carlos de Foucauld, con intuiciones profundas y certeramente expresadas sobre lo que es su interior humano y espiritual, a lo largo de una vida tan variada y dispersa, pero al mismo tiempo que tan simple, pues, aunque los periodos son muy heterogéneos, son también muy largos y en ellos no pasa además prácticamente nada. 
 
          Después de la lectura completa, lo que más me intriga de la obra es el conocer cuánto hay de Pablo D'Ors y cuánto hay de Carlos de Foucauld en los interminables y apasionantes soliloquios que atraviesan toda la Autobiografía, pues están puestos siempre obviamente en la boca y en la pluma de Carlos de Foucauld, pero sorprende mucho que él llegara a tantas y tan bien expresadas manifestaciones de sus estados interiores.
 
          Personalmente, a la obra le doy la máxima calificación, porque me ha satisfecho enormemente. A todos, además,  la recomiendo, por la seducción tan fuerte de la figura de Carlos de Foucauld y por lo bien que ha sabido recogerlo y expresarlo Pablo D'Ors. Una obra, por tanto, del todo recomendable.
         

lunes, 14 de enero de 2013

¿SOY CABEZÓN?

          Acabo de leer un artículo en un semanario dominical sobre la OBSTINACIÓN, y esto me ha planteado una pregunta que considero adecuada para mí -los que me conoce estiman que soy muy cabezón, que no doy fácilmente mi brazo a torcer-, pero que puede resultar también interesante y oportuna para otras personas: "¿Soy yo cabezón?".
          El artículo que he leído se fija en las personas obstinadas que, estimando que siempre llevan la razón, "se enfadan, amenazan, insultan si es preciso, sacan a relucir todos sus resentimientos y menosprecian tanto como pueden a su oponente". Es una visión muy maniquea, pues el obstinado, el terco, es el "malo" que siempre defiende sus razón sin llevarla nunca. El enfoque adoptado queda muy claro con la cita de uno de los luminosos y rotundos aforismos de Baltasar Gracián: "Todos los necios son obstinados y todos los obstinados son necios". 
          La realidad es más compleja. El obstinado, muchas veces no lleva la razón; y entonces es cierto que es necio si defiende su opinión a capa y espada. Pero, en algunas o en muchas ocasiones, el obstinado defiende con tesón su razonamiento porque está convencido de que es verdadero y porque, de hecho, la razón y la verdad están de su parte. En estos casos, se podrá decir del obstinado que le gusta discutir, pero no que es cerril en la defensa de su opinión. 
          Conozco personas a las que no le gusta nada discutir, que prefieren callarse a entablar una discusión, en la que no es infrecuente llegar a un acaloramiento que a ellas les repugna visceralmente. Hay otras personas que no tienen el mínimo de confianza en sí mismas para mantener un razonamiento dialéctico, que se callan ante una opinión contraria por tener siempre miedo a perder la partida y a ser descalificados; en ocasiones, el que no quiere discutir es también porque obsesivamente piensa que los demás están contra él, que es inútil defenderse ante los que lo descalifican sistemáticamente.
    Pero conozco también personas a las que discutir no les molesta, les gusta incluso,                               porque supone confrontar las propias opiniones con las de los demás, hasta buscar -¡pacificamente!- el acuerdo o el consensuado disenso. Cuando la discusión es sobre un dato físico comprobable, hay quienes disfrutan entusiásticamente enseñando el dato verídico en la enciclopedia o en el diccionario, cosa que a otros no les gusta tanto porque, entonces, "se acaba la discusión". Pero cuando se está discutiendo de temas opinables -"cosas agibles", decía en el lenguaje de su época San Ignacio de Loyola-, la discusión no es tan fácilmente rebatible y el consenso resulta tan aceptable como el disenso.
          No tengo reparo en reconocer que me gusta discutir, mantener una conversación para defender lo que creo que es razonable. En este sentido soy "cabezón", porque no me gusta aceptar una razón que no considero válida. Pero tengo que afirmar al instante que me parece que me gusta igualmente aceptar la razón de los otros cuando me resultan convincentes los razonamientos que se me dan, sin importarme en estos casos lo más mínimo el cambiar de opinión. Espero no engañarme con esta aseveración.
          El peligro de los que somos contumaces está en: 1) oponerse siempre -o casi siempre- a las opiniones ajenas, por simple espíritu de contradicción; 2) eternizar los razonamientos y las discusiones, con una dialéctica inagotable y llevada hasta el paroxismo. De los dos extremos conozco también personas, por supuesto, y de ambos peligros quiero mantenerme atento para no caer en ellos.
          La obstinación, por tanto, no siempre es condenable. Lo que entiendo que hay que estar atentos para evitar es el no dar la razón al otro cuando se ha hecho claro que la tiene. No procede nunca defender aquello de lo que uno no está convencido. Y hay qye respetar, también, al que no le gusta discutir.