Interrogantes, consideraciones y comentarios, realizados desde la situación particular que permite el estar detrás de una vidriera soleada
sábado, 3 de diciembre de 2016
HA MUERTO PETER-HANS KOLVENBACH
Peter-Hans Kolvenbach es para muchos un desconocido, un rostro y un nombre raros, que no provocan resonancias. Al haber sido 24 años General de la Compañía de Jesús, para el entorno de los jesuitas, sí es un hombre importante, tal vez esté incluso unido a recuerdos personales. Visitó nuestro país en diversas ocasiones –para hacerse presente en las cinco circunscripciones, Provincias, hasta hace pocos años todavía existentes en España- y esto dio ocasión a que muchas personas participaran en algunas de sus intervenciones públicas.
Con todo, incluso en este entorno, es un nombre menos conocido que Pedro Arrupe o Adolfo Nicolás, su antecesor y su continuador en el mismo cargo, hombres tal vez más familiares por acá por ser de origen español.
Los medios españoles se han hecho bastante eco de su muerte, ocurrida hace ya hace días. Pero ahora puede ser un buen momento para el análisis, para contemplar desde detrás de la vidriera, algunos perfiles de su personalidad.
1. Austero. Impresionaba mucho de su personalidad, la austeridad. Viajaba mucho por todo el mundo con un equipaje exiguo, una carterilla de mano, en la que sólo podrían caber los útiles de aseo y poco más. Solía usar una sotana romana muy negra –sin pretenderlo, dando así pábulo a la leyenda del papa negro- y, en ocasiones, un clergyman también negro, bastante raído. Al viajar no visitaba monumentos, se concentraba en el objetivo único de sus visitas: en una ciudad andaluza, los que le llevaban en el coche se empeñaron en pasar por alguno sus monumentos paradigmáticos, y Kolvenbach aprovechó para ojear las notas del discurso que tenía que pronunciar a continuación, sin apenas mirar las maravillas arquitectónicas que pretendían enseñarle.
2. Curioso. La austeridad no está reñida con el ansia de saber cosas, con la curiosidad. Kolvenbach era un hombre muy abierto a la realidad, muy atento a lo que le decía el que estaba hablando con él, muy interesado por las personas y por los asuntos. Una original muestra de su curiosidad era que, que en sus frecuentes viajes en avión, se iba siempre al aeropuerto mucho antes de la hora de salida del avión, para zambullirse un buen rato en la observación del muy variopinto mundo que siempre ofrecen las terminales.
3. Sajón. Era un hombre radicalmente sajón, poco latino. No entendía los circunloquios, las frases introductorias de cumplido. En su conversación, iba al grano directamente. Me impresionó oírle una vez constatar que, en los escritos de un mismo texto traducidos a distintos idiomas, siempre ocupaban muchos más renglones y páginas los vertidos a las lenguas latinas que los traducidos a las lenguas sajonas. De forma semejante, él era parco en palabras inútiles.
4. Obediente y libre. Su rasgo tal vez más definitorio como General de los jesuitas es que logró normalizar y suavizar las relaciones entre la Compañía de Jesús y la Santa Sede, que durante el último periodo de Arrupe se habían tensionado sorpresivamente. Con su personalidad sin dobleces, con sus aceptación voluntaria y consciente de todo lo que provenía de las más altas instancias romanas, con su obediencia muy radicalmente entendida, disipó los nubarrones que se habían podido fraguar con anterioridad y reestableció el clima de mutua confianza, tradicional desde siempre entre los jesuitas y el Papado. Con Benedicto XVI tuvo unas relaciones cercanas y cordiales, facilitadas por el hecho de que ambos se comunicaban en su lengua materna alemana. Kolvenbach, sin embargo, mantuvo siempre una libertad que impresionaba mucho –particularmente, a los latinos- por hablar sin ambages ni disimulos tanto sobre la Compañía de Jesús como sobre la Santa Sede. Cuando Francisco, en la reciente Congregación General 36, le pidió a los jesuitas que fuesen obedientes y libres, sin pretenderlo trazó tal vez el rasgo más característico del Generalato de Kolvenbach.
5. Humor. Los rasgos anteriores podrían hacer sospechar que Kolvenbach era una personalidad adusta, de trato difícil. No era así. Su memoria prodigiosa le permitía recordar las personas y aún las conversaciones, lo que facilitaba mucho el trato con él. Pero además jalonaba frecuentemente su conversación de detalles de humor, distensionadores de cualquier rigorismo. Una anécdota, para terminar. En su visita a Úbeda, me tocó hacer su presentación en el salón de actos repleto de público de la SAFA, la Institución jesuítica que estaba visitando. Pensé que hablando de prisa en castellano, le costaría entender lo que estaba diciendo para la gente que asistía al acto. Cuando salimos del salón de actos, ya sin público, me dijo con humor cariñoso:
- En su presentación, ha dicho tres cosas que no son verdad: 1) Que yo soy holandés. Es como si yo le dijese a Vd., siendo andaluz, que es castellano: yo no nací en Holanda, sino en una de las otras dos regiones –autonomías, decimos acá- también existentes en los Países Bajos. 2) Que yo soy filólogo: soy sólo lingüista, que es algo distinto. 3) Ha dicho que tengo 73 años, y tengo 74: para calcular su edad en aquel momento yo había visto sólo su año de nacimiento, sin tener en cuenta los meses.
Tres toques de humor, que rompían por completo el formalismo.
Ha muerto Peter-Hans Kolvenbach, un gran P. General de los jesuitas, una personalidad desde luego no latina, pero un hombre entrañable situado más allá de todos los formalismos.
sábado, 26 de noviembre de 2016
El perdón, ¿también por y para los políticos?
El sustantivo perdón y el verbo perdonar resultan muy difíciles de conjugar. Nombrar esta palabras resulta fácil. Pero poner en practica la acción de perdonar -remitir una falta o delito, define el DRAE- es algo a lo que la naturaleza humana se resiste mucho a poner en práctica.
Al clausurar el Año de la Misericordia, el Papa Francisco ha hablado del don y el mandato de Jesús sobre el perdón. Pero el perdón no debería ser una práctica sólo cristiana. Hay muchos campos en la vida en los que el perdón debería tener también aplicación. El terreno tan inhóspito actualmente de la política podría reverdecer y humanizarse si la conjugación del verbo perdonar se introdujese de alguna manera en el hablar y en el vivir ordinarios.
Toda la relación humana se bloquea y se endurece si cada una de las partes no está dispuesta a perdonar lo que considera que es una ofensa que se le ha hecho, una falta que ha tenido el otro o, simplemente, algo que una parte no entiende y lo adjudica malévolamente a la otra parte, lo considera culpa del otro. La vida humana está llena de situaciones, en las que o se esfuerzan las partes hacia el perdón o se precipitan irremediablemente hacia el odio cada vez más creciente. En la familia, en el trabajo y en toda la relación entre personas, o se práctica con generosidad el perdón o se camina progresivamente hacia el enfrentamiento y el odio.
La vida política española ha estado bloqueada tan largo periodo de tiempo porque las partes no eran capaces de perdonar lo que consideraban que los otros habían hecho mal. En lugar de buscar los caminos de la comprensión y de intentar los acercamientos, se ahondaba cada vez más en el desenmascaramiento de las actitudes consideradas inaceptables en los demás y se practicaba cada vez con más inquina el lanzamiento de proyectiles verbales contra los comportamientos ajenos.
Se llegó a un cierto armisticio, se desbloqueó mínimamente la situación para formar un nuevo gobierno, porque todos llegaron a entender que la alternativa del empecinamiento era más nefasta para todos, que las nuevas elecciones enfangaban más a todos. El ver las orejas al lobo hizo posible por miedo lo que por deseos nobles de comprensión no se había podido antes conseguir.
Ahora, en la situación nueva que comienza, si no llega a perdonar algo a los demás, el bloqueo perdurará y las situaciones resultarán invivibles. Aun a una persona muerta le han negado algunos el mínimo de comprensión necesaria para no caer en la falta de respeto. Hace falta atrevimiento para poner en juego el concepto de perdón. Se requiere mirarse a los ojos sin odio y ponerse a hablar, desde el perdón iniciar el camino de la mutua comprensión.
Francisco ha recordado, en la carta pastoral que cierra el Año de la Misericordia, que el perdón libera. Siendo aún más explícito, ha hablado de la liberación del rencor, la rabia y la venganza; esto es, de las situaciones que se viven cuando los enfrentamientos no se domeñan y el perdón no se conjuga.
La política enrarece mucho, provoca agresividades aun en los que no practican la política, en los que sólo son observadores de lo que está pasando en el foro público. Muchas personas reposadas en otros aspectos se encrespan fieramente cuando hablan de política. El tener comprensión y el saber perdonar los comportamientos que cada cual no entiende de los políticos es algo que falta mucho a los ciudadanos en general y, también, a la población católica en particular. Los hombres y las mujeres aparentemente muy pacíficas, incluso las personas que aparecen como muy religiosas, caen en los términos virulentos al hablar de los sectores de la izquierda que consideran más alejados de sus propios posicionamientos. Las personas de izquierda hablan frecuentemente con odio de los de las derechas. Con mucha frecuencia, por ambos lados, da vergüenza oír hablar de los políticos.
Para todos es la conveniencia del perdón, pero los creyentes deberían extremar la sensibilidad hacia esta palabra y hacia esta realidad considerando la actitud misericordiosa del Padre, que acoge y perdona aun a los más alejados. La fe madura conduce al perdón. La humanidad sincera, aun sin fe, debería terminar también en el perdón, al menos para poder convivir humanamente, para no vivir como lobos en la selva.
domingo, 20 de noviembre de 2016
Se acabó la reunión oficial jesuita
Los acontecimientos relacionados con los jesuitas suelen tener un carácter algo misterioso. El "jesuitismo" es definido por el Casares como "conducta cautelosa, como la que algunos refieren a los jesuitas". En ocasiones, llega incluso a igualarse lo "jesuítico" con lo "falso" o lo "taimado".
Por esto merece un comentario la reunión oficial de los jesuitas que acaba de concluir en Roma, la que en el argot jesuítico se denomina Congregación General. Señalaré algunos rasgos definitorios de esta bastante atípica reunión:
1. Variedad. La composición de los participantes en esta reunión, ya constituye un primer rasgo diferenciador. De los 210 miembros participantes, alrededor de un centenar son Provinciales", esto es, Superiores de los diversos territorios nombrados a dedo por los órganos de gobierno de la Compañía de Jesús; pero esto quiere decir también que los restantes, algo más de la mitad, habían sido elegidos desde abajo para asistir a esta reunión: por lo que en el argot se denominan las Congregaciones Provinciales, reuniones territoriales cuya composición muy mayoritaria es también la de jesuitas no por razón de su cargo, directamente elegidos para la misma por la totalidad de los jesuitas del territorio. Sin pretensiones de un democratismo que no tiene lugar en las instituciones eclesiales, la representación en la Congregación General se puede decir que es bastante representativa de lo que es en realidad la Compañía de Jesús.
El carácter representativo es aún más claro por la procedencia, en esta ocasión inclinado mayoritariamente hacia los Países del Sur (59%), menos desarrollados que los del Norte. La representación, en su detalle, es muy característica de la universalidad real y creciente de la Compañía de Jesús actual: Asia y Oceanía, 33 %; África, 10%; América Latina, 16%; América del Norte, 15%; Europa, sólo 26%, bastante ya menos que el conjunto asiático y africano.
2. Esfuerzo informativo. Para evitar el carácter misterioso, esta Congregación General ha hecho un esfuerzo destacable por ofrecer información concreta y detallada, por cumplir el consejo periodístico de: "se tu quien cuente tu historia", no quejándose después inútilmente de que otros la cuenten mal. De hecho, se ha introducido en la red un boletín diario con información al minuto de lo más principal y con seleccionados apuntes -como posts de un blog- sobre lo que en cada momento se estaba trabajando. El boletín diario tenía 10.000 usuarios y en la web accedían al mismo 175.000 usuarios. La cifra total de visita a la web, llega a 1,25 millones de persona provenientes de 200 países. El boletín diario cesó el 14 de noviembre, pero todavía se puede acceder a él en cg36.org/es/, con la inclusión el último día de la referencia de una cincuentena de lugares informativos de las diversas actividades de conjunto de la Compañía de Jesús.
3. Consenso abrumador. En contraste con la realidad eclesial y jesuítica de otros momentos no tan lejanos, todos los participantes han destacado el consenso unánime, como característica más fundamental de la Congregación General. Siendo de procedencias geográficas tan diversas, lo posesión del mismo espíritu -el de los Ejercicios Espirituales ignacianos- hacía posible usar el mismo lenguaje (en las cuatro lenguas oficiales usadas)y conseguir llegar a acuerdos comunes. El caso más claro de este sentir unánime, el nombramiento del venezolano Arturo Sosa, como nuevo P. General de los jesuitas de todo el mundo.

4. Originalidad. Para llegar al nombramiento del nuevo General, los jesuitas tienen un procedimiento del todo singular. Durante cuatro días completos, practican lo que en palabra latina se llama murmuratio, un término que en castellano implica casi siempre hablar mal de alguien, pero que en este caso se refiere a hablar bajo, en vez queda y de uno en uno. No se permiten las campañas, el que las personas o los grupos propongan y defiendan a unos candidatos, y los cuatro días se consumen en diálogos interpersonales para requerir impresiones sobre posibles representantes de contextos menos conocidos o sobre personas conocidas que uno quiere valorar más a fondo. En este caso, para el nombramiento de Arturo Sosa, los participantes comentan unánimemente que el procedimiento ha funcionado a la perfección.
5. Papa Francisco. El primer Papa jesuita de toda la historia, ha querido hacerse particularmente presente en esta Congregación General. Como jesuita argentino, había asistido personalmente a dos de las anteriores Congregaciones Generales. Esta vez, no se ha contentado con el tradicional discurso a los Congregados en la sede vaticana, sino que ha querido desplazarse a la casa de los jesuitas, al Borgo Sancto Spirito 4 aledaño inmediato de la plaza de San Pedro, para estar toda una mañana completa con los congregados, participando en la media hora de oración que abría las sesiones diarias, teniendo un detenido discurso, sometiéndose después a un interrogatorio abierto con los presentes y saludando incluso al final a todos los participantes. Lo que más se ha valorado del discurso del Papa, que se ha hecho después público, es que no le ha dicho a los jesuitas lo que tienen que hacer, no ha señalado campos concretos de actuación, sino se ha limitado a decirles sean buenos jesuitas, remitiéndoles a las fuentes originarias del pensamiento ignaciano y de la Compañía de Jesús.
6. Gobierno y Decretos. La Congregación General ha durado casi mes y medio porque, además de elegir al General y a sus colaboradores más importantes, se ha ocupado prolongadamente de elaborar directrices para el gobierno interno de la Compañía de Jesús. Los documentos en los que se vierten estas directrices se suelen llamar Decretos, siendo así que no suelen ser normativos sino iluminadores para los comportamientos que las instituciones y los jesuitas deberán después llevar a la práctica.
Todavía no se han hecho públicos estos Documentos, pero ya se ha indicado que se refieren a lo que en el momento actual es más importante para el desarrollo de la vida y de la misión de los jesuitas.
Sin secretismo, a cara descubierta, los jesuitas han cerrado ya la Congregación General llamada a dar la pauta para lo que la Compañía de Jesús va a ser en un próximo futuro. Los 210 reunidos han marcado un ritmo de esperanza y optimismo, sometidos al dinamismo del Espíritu, frente a todas las visiones catastrofistas sobre el futuro más inmediato. Un paso adelante, para la Compañía de Jesús y para la Iglesia.
domingo, 13 de noviembre de 2016
Cambio de imagen del Papa
Cada Papa cambia la imagen del anterior y proyecta hacia fuera un nuevo estilo de actuación. La llegada de Francisco nos hace particularmente patente esta verdad elemental.
Cada Papa es diferente. Lo mismo que los humanos tenemos todos rostros desiguales, todos los Papas tiene también características diferentes en la forma de ejercer su pontificado.
Los más antiguos recuerdan todavía la imagen estilizada de Pio XII, con su silla gestatoria, con sus atuendos que recuerdo fundamentalmente rojos, con su enseñanza depurada sobre las más variadas cuestiones, con su obligación de encarar la segunda guerra mundial sin poder enfrentarse directamente con los contendientes, con su figura casi mística que escuchaba por las mañanas el cántico un pajarito sobre sus hombros.
Juan XXIII rompe todos los moldes. Elegido ya muy mayor como un Papa de transición, desconcierta a toda la Iglesia convocando un Concilio, no para condenar errores, no para escuchar los lamentos de los profetas de calamidades -la expresión suya más característica-, sino para abrir las ventanas de la Iglesia, para trasmitir de nuevo esperanza a un mundo desesperanzado. Una figura paternal constituida como un párroco del mundo.
Pablo VI ofrece una figura casi del todo diferente. Con su anterior trayectoria de gran pastor de la compleja diócesis de Milán, con él llega al pontificado un exquisito estudioso capaz de elaborar un magisterio muy rico y diversificado. En la España de entonces, fue mal recibido por algunos por haber solicitado de Franco la revocación de unas penas de muerte. Como Papa, le tocó clausurar y desarrollar el Concilio Vaticano II, y lo hizo con la intensidad y las angustias propias de un intelectual, cerrando algunas de las ventanas excesivamente abiertas, con miedo -oí decir una vez en Roma- que se cayese y se rompiese la hermosa maceta de la Iglesia que habían depositado en sus manos.
Tras el paso efímero de Juan Pablo I -mancillado por los comentarios alevosos sobre su envenenamiento-, llega el vendaval arrollador de Juan Pablo II, el Papa polaco que desconcertó al mundo, con su magnetismo sobre las masas, con sus incansable viajes, con su evidente riqueza personal que intentó proyectar siempre en bien de la Iglesia. Un pontificado largo, muy admirado por amplios sectores de la Iglesia
Benedicto XVI, el intelectual prestigioso que siempre enriqueció a la Iglesia con sus muy valoradas enseñanzas, cierra un ciclo de Papas muy diferentes, pero que tienen todos en común una concreta concepción de su elevada misión como Pontífices, obligados a mantenerse distantes, tanto en su vida personal como en sus cuidadas relaciones con los cada vez más influyentes medios de comunicación social.
Francisco ha aumentado las diferencias con todos los anteriores, ya desde el primer día con los gestos intencionados del acto de su nombramiento: nombre atípico -añadiendo más tarde el ruego de que no se usase la denominación que le correspondería de primero-, solicitar a todos que pidieran por él ante de su primera bendición, exclusión de algunos atuendos tradicionales en los Papas,... Después, decidió abandonar el aislamiento de la anterior residencia papal para vivir en San Dámaso en la compañía de otros curiales y huéspedes. En general, ha comenzado un estilo de vida y de actuación que sorprenden cada día a los experimentados vaticanistas conocedores de la trayectoria de los anteriores Papas y a todo el público seguidor de sus crónicas en los periódicos del mundo. Ha diversificado mucho el tipo de las audiencias -una a pobres, recientemente- y ha cambiado el destino de sus viajes, el último a conmemorar un aniversario de Lutero. La revista española Ecclesia, que publica todas sus intervenciones, inserta ahora más actuaciones coloquiales que escritos eruditos. Creo que se puede afirmar que Francisco tiene desconcertados a los acostumbrados al estilo anterior de los Pontífices, por su improvisación constante de gestos de ruptura con el envaramiento papal anterior y de acercamiento al lenguaje y a las formas de vida de la gente normal y corriente.
Las reacciones que todo esto provoca son muy diferentes. No cabe duda de que los que antes criticaban constantemente a la Iglesia por el estilo del Vaticano, alaban ahora con mucha frecuencia las actuaciones de Francisco. El Papa concede ahora ocasionales entrevistas directas a los medios de comunicación, sin temor al desvanecimiento de su aura papal, y se deja incluso tocar y aun besar por el público en sus comparecencias públicas. Se extiende la sospecha de que algunos se encuentran ahora contrariados por el qué y por el cómo de la actuación papal, aunque sea mucho más frecuente el silencio respetuoso que las extemporáneas críticas que también ocasionalmente se han producido. No es infrecuente que los antes críticos de las actuaciones eclesiales se hayan vuelto ahora fervientes admiradores de Francisco.
Sorpresas, admiración, fervientes alabanzas, críticas ocasionales, silencios respetuosos. El cambio de imagen de los Papas, siempre se ha producido. Pero con Francisco este cambio es aún más clamoroso. Las reacciones ante este cambio, también.
Cada Papa es diferente. Lo mismo que los humanos tenemos todos rostros desiguales, todos los Papas tiene también características diferentes en la forma de ejercer su pontificado.
Los más antiguos recuerdan todavía la imagen estilizada de Pio XII, con su silla gestatoria, con sus atuendos que recuerdo fundamentalmente rojos, con su enseñanza depurada sobre las más variadas cuestiones, con su obligación de encarar la segunda guerra mundial sin poder enfrentarse directamente con los contendientes, con su figura casi mística que escuchaba por las mañanas el cántico un pajarito sobre sus hombros.
Juan XXIII rompe todos los moldes. Elegido ya muy mayor como un Papa de transición, desconcierta a toda la Iglesia convocando un Concilio, no para condenar errores, no para escuchar los lamentos de los profetas de calamidades -la expresión suya más característica-, sino para abrir las ventanas de la Iglesia, para trasmitir de nuevo esperanza a un mundo desesperanzado. Una figura paternal constituida como un párroco del mundo.
Pablo VI ofrece una figura casi del todo diferente. Con su anterior trayectoria de gran pastor de la compleja diócesis de Milán, con él llega al pontificado un exquisito estudioso capaz de elaborar un magisterio muy rico y diversificado. En la España de entonces, fue mal recibido por algunos por haber solicitado de Franco la revocación de unas penas de muerte. Como Papa, le tocó clausurar y desarrollar el Concilio Vaticano II, y lo hizo con la intensidad y las angustias propias de un intelectual, cerrando algunas de las ventanas excesivamente abiertas, con miedo -oí decir una vez en Roma- que se cayese y se rompiese la hermosa maceta de la Iglesia que habían depositado en sus manos.
Tras el paso efímero de Juan Pablo I -mancillado por los comentarios alevosos sobre su envenenamiento-, llega el vendaval arrollador de Juan Pablo II, el Papa polaco que desconcertó al mundo, con su magnetismo sobre las masas, con sus incansable viajes, con su evidente riqueza personal que intentó proyectar siempre en bien de la Iglesia. Un pontificado largo, muy admirado por amplios sectores de la Iglesia
Benedicto XVI, el intelectual prestigioso que siempre enriqueció a la Iglesia con sus muy valoradas enseñanzas, cierra un ciclo de Papas muy diferentes, pero que tienen todos en común una concreta concepción de su elevada misión como Pontífices, obligados a mantenerse distantes, tanto en su vida personal como en sus cuidadas relaciones con los cada vez más influyentes medios de comunicación social.
Francisco ha aumentado las diferencias con todos los anteriores, ya desde el primer día con los gestos intencionados del acto de su nombramiento: nombre atípico -añadiendo más tarde el ruego de que no se usase la denominación que le correspondería de primero-, solicitar a todos que pidieran por él ante de su primera bendición, exclusión de algunos atuendos tradicionales en los Papas,... Después, decidió abandonar el aislamiento de la anterior residencia papal para vivir en San Dámaso en la compañía de otros curiales y huéspedes. En general, ha comenzado un estilo de vida y de actuación que sorprenden cada día a los experimentados vaticanistas conocedores de la trayectoria de los anteriores Papas y a todo el público seguidor de sus crónicas en los periódicos del mundo. Ha diversificado mucho el tipo de las audiencias -una a pobres, recientemente- y ha cambiado el destino de sus viajes, el último a conmemorar un aniversario de Lutero. La revista española Ecclesia, que publica todas sus intervenciones, inserta ahora más actuaciones coloquiales que escritos eruditos. Creo que se puede afirmar que Francisco tiene desconcertados a los acostumbrados al estilo anterior de los Pontífices, por su improvisación constante de gestos de ruptura con el envaramiento papal anterior y de acercamiento al lenguaje y a las formas de vida de la gente normal y corriente.
Las reacciones que todo esto provoca son muy diferentes. No cabe duda de que los que antes criticaban constantemente a la Iglesia por el estilo del Vaticano, alaban ahora con mucha frecuencia las actuaciones de Francisco. El Papa concede ahora ocasionales entrevistas directas a los medios de comunicación, sin temor al desvanecimiento de su aura papal, y se deja incluso tocar y aun besar por el público en sus comparecencias públicas. Se extiende la sospecha de que algunos se encuentran ahora contrariados por el qué y por el cómo de la actuación papal, aunque sea mucho más frecuente el silencio respetuoso que las extemporáneas críticas que también ocasionalmente se han producido. No es infrecuente que los antes críticos de las actuaciones eclesiales se hayan vuelto ahora fervientes admiradores de Francisco.
Sorpresas, admiración, fervientes alabanzas, críticas ocasionales, silencios respetuosos. El cambio de imagen de los Papas, siempre se ha producido. Pero con Francisco este cambio es aún más clamoroso. Las reacciones ante este cambio, también.
domingo, 6 de noviembre de 2016
¿Qué es la democracia?
Me sorprendió y me han hecho pensar unas declaraciones que leí hace pocos días de la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, en las que afirmaba que la democracia representativa está ya pasando, que había que buscar nuevos modelos. Carmena es ex magistrada y buena jurista, y no es de pensar que hable a la ligera. Acaba de tener la conferencia inaugural de una serie dedicada a la vida municipal en Entreparéntesis, un centro de opinión de los jesuitas de Madrid, aunque en otros ambientes sea menos apreciada por sus actuales vinculaciones políticas.
¿Qué es la democracia? Por lo pronto, el hecho de que con frecuencia le pongamos una adjetivo manifiesta a las claras que el término democracia no es unívoco, que requiere ulteriores determinaciones, que bajo el mismo nombre se cobijan realidades bien diferentes.
Estos días pasados me sorprendió que los que quisieron rodear el Congreso por la investidura de Rajoy lo hicieran en nombre de la democracia. Por lo visto, consideraban ellos que, actuando fuera del Congreso y en contra de las decisiones legalmente adoptadas por los representantes del pueblo (¡ha costado muchos meses llegar a adoptar mayoritariamente esta decisión!), eran más demócratas que los demócratamente elegidos para tomar esta decisión.
Estos días pasados me sorprendió que los que quisieron rodear el Congreso por la investidura de Rajoy lo hicieran en nombre de la democracia. Por lo visto, consideraban ellos que, actuando fuera del Congreso y en contra de las decisiones legalmente adoptadas por los representantes del pueblo (¡ha costado muchos meses llegar a adoptar mayoritariamente esta decisión!), eran más demócratas que los demócratamente elegidos para tomar esta decisión.
Son dos concepciones diferentes de la democracia, una representativa y otra populista: una reconociendo que no todos deben adoptar las decisiones sobre todas las cuestiones técnicas y difíciles y eligiendo por tanto para ello a los que ocupen los puestos representativos de todos en el Congreso, y otros afirmando quiméricamente que todos deben participar en todo y protestando violentamente por lo que (¡el reducido grupo de los que se manifiestan!) consideran como ilegítimo. Dos concepciones prácticamente irreconciliables, dentro y fuera del sistema.
Hasta ahora le había concedido el mérito a Podemos de haber metido dentro del sistema a los descontentos antisistema que se manifestaban sine die en la Plaza del Sol de Madrid y en otros muchos lugares de España. Pero ahora Podemos e Izquierda Unida han vuelto a las andadas y pretenden trabajar tanto desde dentro como desde fuera del Congreso, defendiendo al sistema y luchando al mismo tiempo contra el sistema. Vargas Llosa ha dedicado el último de sus lúcidos artículos en El País a lo que, usándola terminología de un periodista alemán denominaba democracia rabiosa, los que luchan desde la rabia para ensanchar los para ellos reducidos márgenes del sistema.
¿Aporta algo el Evangelio y la fe cristiana a toda esta polémica? En el tema técnicamente político, el Evangelio siempre queda abierto. Pero hay una serie de valores -el respeto a las opiniones ajenas, el no juzgar de los comportamientos de los demás, el buscar lo que más contribuya a la paz y a la justicia, el hacer idealmente posible el amor, etc.-, por los que siempre el Evangelio nos impulsa a luchar. De la actual imprecisión sobre la democracia, el creyente no se puede sentir desentendido. Hay que luchar por que la democracia más plena se abra camino.
martes, 25 de octubre de 2016
¿Se acaba la misericordia?
Después de una anunciada pero muy prolongada ausencia estival, reinicio el contemplar las cosas tras mi vidriera, el mirar y reflexionar serenamente sobre lo que la vida nos va deparando. Ya bien iniciado el curso, comienza un nuevo periodo. Hoy considero el ya inminente final del Año de la Misericordia. ¿Se acaba la misericordia al finalizar su Año?
El que algo sea objeto especial de un Día o de un Año tiene el fácil peligro de que se produzca un apagón sobre el tema cuando el periodo luminoso se extingue. Se deja de mirar lo que antes ha estado tan iluminado.
La misericordia no es algo fácil de vivir o de experimentar. Cuando alguien se siente muy seguro, no tiene necesidad de recurrir a la misericordia, no precisa de la compasión de otros. El que se siente bien, el que se cree bueno, el que no se culpabiliza de nada, no siente la necesidad ser perdonado, de ser compadecido, de que los demás se porten benévolamente con él. La necesidad de la misericordia aparece, así, como un sentimiento propio de los débiles, de los carentes de seguridad en sí mismos. El fariseo de la escena evangélica no necesita de la misericordia de nadie.
El sentimiento de alteridad es, con todo, algo que el creyente debes siempre experimentar.
El hombre no está solo, no es del todo autosuficiente, no es el rey omnímodo de la creación, necesita contar con Otro que estuvo en el origen de su aparición el mundo. El no sentir nunca la necesidad de ayuda puede derivar fácilmente en actitudes demenciales, en paroxismos antihumanos.
Por esto no es menos plena la actitud del publicano. No es fruto de la debilidad sino del realismo el caer en la cuenta de las propias carencias, sin caer en las posturas engañosas de presumir de lo que no se tiene. La humildad es amable que la prepotencia. El que desprecia al otro porque no necesita para nada de él es en el fondo más odiable que el que reconoce la alteridad como parte constitutiva de su propia personalidad.
Esta sencilla disquisición, al hilo de la parábola evangélica del fariseo y el publicano, permite encarar mejor el tema de la misericordia. No es un plus innecesario, no es un tributo de los débiles, el sentir la necesidad de la misericordia es algo que dignifica al hombre, que lo hace situarse dentro de sus límites, que le convierte en más amable para todo el que se roza con él. La autosuficiencia absoluta conduce a la paranoia.
Si todo esto es verdad en la pura relación de unas personas con otras, en la estricta dimensión humana de la existencia del hombre, mucho más aparece como imprescindible para el creyente en la relación trascendente con Dios. Siempre Dios nos supera y nos desborda, resulta muy difícil pensar en el eternamente Otro que está del todo más allá de nuestra capacidad de comprensión. Pero precisamente por esto, el hombre necesita de Aquel que completa sus limitaciones y se apiada de sus debilidades. La misericordia de Dio es necesaria para el hombre creyente.
sábado, 16 de julio de 2016
Hasta luego
El verano es tiempo que suele interrumpir las actividades ordinarias. Una veces por el inicio del descanso y otras por las nuevas obligaciones asumidas, el tiempo veraniego provoca muchas veces una alteración de lo que antes se venía haciendo. Este es también mi caso, y por eso la anuncio con esta breve nota
Da igual que sea el descanso o la mayor ocupación, el caso es que aparco temporalmente la reflexión pública sobre la realidad, suspendo por un tiempo la mirada crítica "tras mi vidriera", cuando tanto la vida política como la via eclesial se encuentran en momentos álgidos. Un somero detalle.
Nunca en los tiempos recientes, ha estado España tanto tiempo sin gobierno. He reflexionado aquí varias veces sobre la imperiosa necesidad de diálogo existente en el panorama español actual. El que se hayan agotado los plazos para la formación de gobernó en dos ocasiones y el que en esta tercera ocasión no esté aún despejado el horizonte para lograrlo, demuestra a la claras que la capacidad de diálogo entre los dirigentes políticos españoles es casi nula. Se ha repetido mucho que la ruptura del bipartidismo aumentaría el nivel democrático, obligaría a ponerse de acuerdo los unos con los otros. Sea real o sólo deseada la ruptura de los dos frentes obtenida, lo que sí se ha producido es el achicamiento de las voces intervinientes -por la aparición de nuevas voces-, pero el enfrentamientos entre dos polos no ha disminuido sino que se ha acrecentado. Sin mayorías absolutas, sin obtener la posibilidad de actuar sin tener que escuchar al otro, no está siendo posible la puesta en marcha de un nuevo gobierno. Las incomprensiones y los enfrentamientos personales imposibilitan la negociación entre los partidos. La situación es triste, pero muy interesante. Dejo de mirarla en el momento menos oportuno.
Un gran amigo ha dicho por ahí, en algún blog, que en el momento actual hay gente que se parapeta tras Francisco, que escuda sus propias opiniones ocultándolas detrás de las del Papa, que su apoyo real al Papa no es ni tan coherente ni tan absoluto como aparentan decir. Con gran intuición, finaliza Darío Moyá su reflexión "Esconderse" detrás del papa Francisco, con esta conclusión: Por todo ello, tras un primer momento de alegría y consolación por las palabras y los gestos del Papa Francisco, uno siente siempre la necesidad de no sacar pecho como Iglesia demasiado fácilmente, de seguir siendo muy humildes y de seguir pidiendo al Padre que el Espíritu de Jesús remueva y renueve nuestros corazones".
Esta oportuna advertencia pone en guardia para no vanagloriarse con plumas ajenas y para no disimular las propias disconformidades. Con gran humildad y con obligada coherencia se han de asumir las valientes opiniones y las evangélicas actitudes de Papa, no prolongando más allá de lo debido las propias opiniones encomiásticas. Francisco prosigue sus continúas llamadas de atención sobre las situaciones actuales, sin dar tiempo casi a seguirlo con la atención que merece su voz siempre inquietante. En pocos días, las opiniones y los gestos que tenga ante los jóvenes en Polonia resultarán seguramente tan llamativas como ya lo fueron en Brasil. No es por ello éste tampoco el mejor momento para dejar de hacerse eco de lo que pueda ir ocurriendo en la Iglesia.
El mundo sigue girando desorbitadamente. Ayer, Niza. Hoy, Turquía. La actualidad no para. Avergüenza un poco tener que decir en este momento Hasta luego.
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